En el siglo XVII, Leibniz soñaba con una máquina que pudiera calcular ideas

Esta es la segunda parte de una serie de seis partes sobre historia del procesamiento del lenguaje natural.

En 1666, el polimato alemán Gottfried Wilhelm Leibniz publicó una disertación enigmática titulada Sobre el arte combinatorio. Con solo 20 años pero ya un pensador ambicioso, Leibniz esbozó una teoría para automatizar la producción de conocimiento a través de la combinación de símbolos basada en reglas.

El argumento central de Leibniz era que todos los pensamientos humanos, por complejos que sean, son combinaciones de conceptos básicos y fundamentales, de la misma manera que las oraciones son combinaciones de palabras y combinaciones de letras. Creía que si podía encontrar una forma de representar simbólicamente estos conceptos fundamentales y desarrollar un método para combinarlos lógicamente, entonces podría generar nuevos pensamientos a pedido.

La idea le llegó a Leibniz a través de su estudio de Ramon Llull, un místico mallorquín del siglo XIII que se dedicó a idear un sistema de razonamiento teológico que probaría la “verdad universal” del cristianismo a los no creyentes.

El mismo Llull se inspiró en la combinación de letras de los cabalistas judíos (ver primera parte de esta serie), que utilizaron para producir textos generativos que supuestamente revelaban sabiduría profética. Llevando la idea un paso más allá, Llull inventó lo que llamó un volvelle, un mecanismo de papel circular con círculos concéntricos cada vez más pequeños en los que se escribían símbolos que representaban los atributos de Dios. Llull creía que al girar la volvelle de varias maneras, combinando los símbolos en nuevas combinaciones entre sí, podía revelar todos los aspectos de su deidad.

Leibniz quedó muy impresionado con la máquina de papel de Llull, y se embarcó en un proyecto para crear su propio método de generación de ideas mediante una combinación simbólica. Quería usar su máquina no para el debate teológico, sino para el razonamiento filosófico. Propuso que dicho sistema requeriría tres cosas: un “alfabeto de pensamientos humanos”; una lista de reglas lógicas para su combinación válida y nueva combinación; y un mecanismo que podría llevar a cabo las operaciones lógicas en los símbolos de forma rápida y precisa: una actualización completamente mecanizada de la volvelle en papel de Llull.

Se imaginó que esta máquina, a la que llamó “el gran instrumento de la razón”, sería capaz de responder todas las preguntas y resolver todo debate intelectual. “Cuando hay disputas entre personas” el escribio, “Simplemente podemos decir” calculemos “y, sin más preámbulos, ver quién tiene razón”.

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